Diosas vanidosas, mortales envidiosas

“Es solo vanidad” han dicho inquisidores y censores, condenando a las que solo desearon elevar unos centímetros los pies del piso, (ni que decir de las que han subido varios metros), y es así señoras y señores, cada deseo de ser mejor, de surgir entre malezas, enredaderas y malas vecinas es atacado y tachado de “vanidad” por quienes solo buscan nivelar por lo bajo.
La vanidad, el pecado exclusivo de las mujeres, es el ataque perfecto para las que buscamos seguir un poquito más, para las que no conformes con espiar estirando el cuello sobre el muro decidimos saltarlo, enganchando la “media fina” entre piedras y yuyos arraigados a la pared con la fuerza de la enamorada. Pero saltamos y llegamos al otro lado, solo que nadie nos perdona, “no son hombres”, se dirá, “una verdadera lástima”, se pensará.

Los mediocres atacan, una y otra vez, no perdonan si dan tregua en su afán de trivializar y hacer tabla raza con todo, (La mejor manera de ocultar falencias es universalizarlas!). Seres insignificantes, siempre afilando los colmillos, sedientos a la hora de crucificar a los visionarios, a los inconfromes, al genio que todas llevamos dentro.
Pero la diosa ya no desea escuchar el que dirán, solo seguir adelante, después de todo en esta mesa descuartizamos, volamos, creamos y lloramos, y eso si que no es ninguna vanidad, es simplemente voluntad… voluntad divina.